Sanar & Enfermar

19.06.2020

Cuando la vida te la posibilidad de enfermarte para crecer, en el momento te sentís presente, perdido, le buscas la explicación y no la encontrás. Con el paso de las horas la tristeza empieza a apretar, los miedos comienzan a crecer, segundo a segundo, instante a instante se va tornando un monstruo inmenso que no deja de ser más que nosotros mismos.

Acabamos de salir de nuestra zona de confort en que nuestra vida iba por un carril, vacío, tranquilo, inclusive sin muchas emociones, con más proyectos a futuro que presente. No sos consciente de estar acá, por que pensás en allá, te olvidas de dar abrazos porque los proyectos no podemos hacerlos a un lado, y lo que es peor no te permitís recibirlos por estar cabeceando al futuro.

Con el correr de los días, de las semanas, los meses, los años o hasta en algunos casos de la vida misma, te das cuenta para que vino, que te quería indicar, que te quería enseñar, te das cuenta de cosas tan sencillas que vivías desde la mente y su constante bla bla bla.

En ese momento te desmoronas hacía arriba, te pedís disculpas, te abrazas, y empezás a sentir de que se trata tu vida, porque no es la vida, es tuya, es tu vida.

Bajas la cabeza y con humildad de alma, empezás a conectar, a sentir, en base a amor y entendimiento.

Las energías fluyen por dentro tuyo, te sentís crecer, te agrandas, te querés, te amas, tu alma encontró su lugar en el cuerpo.

Y de pronto llega el día que te dicen que sanaste, ese día que tanto proyectaste, en que la mente quiere volver a recuperar su lugar y hacerse fuerte, ese día te falta algo, te falta tu maestro, tu maestra, tu enfermedad.

Vuelven los miedos al juego de la mente, cual si esta jugara a la mosqueta con tus emociones. Sabés de que se trata, ya estuviste en ese lugar, incierto, con más preguntas que respuestas, las respuestas y cada una de ellas generan más incertidumbre que la propia incertidumbre.

Hasta que un día conectas, sentís, adentro tuyo, la sanación, desde lo más profundo de tu alma, lo sentiste, y ahí te das cuenta, que creciste, que te transformaste, que estás sano.

Aceptar que enfermaste es difícil, pero aceptar que sanaste mucho más.